¿Y ahora por qué como?

PSICONUTRICIÓN

May Rodrigo

10/29/20262 min read

Te planteo una situación: Estás sentada/o viendo una serie en la televisión. Hace un buen rato que has cenado, pero a la media hora de empezar le das al pause y corres (casi vuelas) a la cocina a coger esa bolsa de patatas fritas empezada de la despensa que te está tentando desde hace un rato. Le das al play y cuando te has dado cuenta, el capítulo aún no ha acabado pero la bolsa de patatas ya ha pasado a mejor vida.

Te propongo otro escenario: Eres un/a estudiante de exámenes y llevas un par de semanas estudiando todos los días. Cuando estás sentados frente a los apuntes, te levantas varias veces para ir a la cocina y buscar algo que te apetezca. Como no sabes exactamente qué comer, acabas cogiendo cualquier cosa que llevarte a la boca. No tienes hambre, pero necesitas comer algo.

¿Te suena?

Seguramente muchas personas que estéis leyendo esto habéis vivido situaciones parecidas. Y tiene su explicación.

Existen una serie de emociones catalogadas como “negativas” (aunque prefiero llamarlas incómodas) que provocan una respuesta determinada del organismo. Algunas de esas emociones son la ira, la ansiedad, la depresión y el aburrimiento. Ante este tipo de emociones, el cuerpo responde como si estuviese sufriendo una amenaza. Es una respuesta adaptativa, como la respuesta ante el miedo, mediante la cual el cuerpo se prepara para huir de una situación de peligro, por lo que corta el hambre y redirige sus energías a escapar de la amenaza. Pues bien, en ocasiones no es así y parece que el cuerpo nos pide justo lo contrario.

Cuando alguien se siente aburrido/a, ansioso/ o triste y  percibe que necesita comer cualquier cosa experimenta lo se conoce como hambre emocional. Consiste en comer en respuesta a emociones "negativas" como la ansiedad, la irritabilidad o el aburrimiento, y se considera una respuesta atípica al estrés desde un punto de vista fisiológico, ya que el cuerpo pide ante la sensación de amenaza es comer menos, con la consecuente sensación de "estómago cerrado".

Suele ser difícil distinguir el hambre emocional del hambre real o fisiológica, pero realmente es un mecanismo aprendido para aliviar la sensación que nos produce esa emoción incómoda que estamos sintiendo. Las sensaciones placenteras inmediatas que se producen al consumir esos alimentos disminuyen el impacto de lo negativo y lo suavizan, por lo que en muchas ocasiones tiene una marcada función de regulación emocional.

Eso sí, la exclusividad del comer emocional no la tienen las emociones "incómodas", sino que también emociones agradables o positivas pueden facilitar comer una de una manera más impulsiva y automática.Un ejemplo claro son las comidas familiares o contextos de celebración, donde es muy probable que las cantidades de comida sean más elevadas que en el día  a día.

Lo que queda claro es que las emociones juegan un papel clave en nuestra vida, influyen en muchos aspectos de nuestra cotidianidad y guían nuestro comportamiento, por lo que un aspecto tan básico como la alimentación no queda fuera de la ecuación.